Una noche en el Sahara

Con 22 años, fue en junio de 2015 cuando tuve la suerte de pisar por primera vez el continente africano.

Viajaba con un amigo por Europa. Planeábamos todo a medida que pasaban los días. Después de visitar España surgió la idea de ir a Marruecos. Comenzamos nuestra aventura visitando las ciudades de Fez, Marrakech y Chefchaouen con mucho por ofrecer e historias que ya contaré… Sin embargo, fue una de las últimas noches del viaje cuando la mejor experiencia vivida en este país llegó…

Cerca de las 15:00 hs nuestro guía Alí estacionó la combi y nos comunicó que habíamos llegado a nuestro destino: el pueblo de Merzouga. Es difícil poder imaginar el lugar donde estábamos. A primera vista, una construcción mediana color ocre y de  estilo árabe. Más adelante y tras atravesar un largo y oscuro pasillo, el patio del hotel. Para sorpresa de todos, nos encontramos con una hermosa pileta al aire libre rodeada de palmeras y con vista al desierto.

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Tras dejar nuestras pertenencias en el hotel, El momento había llegado. Era hora de ponernos en marcha camino al corazón del Sahara.

Los camellos esperaban por nosotros. Los guías del lugar nos ayudaron a subir y en grupos de diez personas nos perdimos en la inmensidad de las dunas. Luego de aproximadamente una hora hicimos una parada para observar la puesta del sol. Volvimos a montar los camellos y unos minutos más tarde, mientras caía la noche arribamos a nuestro campamento.

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Un conjunto de carpas blancas aguardaban por nosotros. Diez personas que vivían permanentemente allí fueron quienes nos esperaron con un delicioso té de menta, bebida típica del lugar. También se encargaron de la cena y un asombroso espectáculo Berebere del cual disfrutamos y nos dio la oportunidad de conocer  la música y las danzas tradicionales de esta cultura.

Finalizado ritual, uno a uno fuimos a nuestras carpas para descansar y tomar fuerzas para volver a montar el camello y regresar a nuestra base al otro día… IMPOSIBLE. Tras estar acostado unos minutos decidí dejar la habitación y salir al exterior.

Tomé coraje y me alejé unos metros del campamento. No había presencia de luz artificial pero pasados unos minutos, la cantidad de estrellas ayudaron para moverse sin dificultad. Caminé hasta la parte más alta de una duna y apoyé la cabeza en la arena.

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Nada y todo a la vez. El cielo estrellado, nadie a mi alrededor y las estrellas fugaces apareciendo constantemente. 

Solo yo. La inmensidad y yo. Esos momentos mágicos que aparecen cuando uno se decide a viajar. Esos que marcan un antes y un después. 

La mañana siguiente tomamos el desayuno y a las 08:00 hs emprendimos el regreso. La vuelta a Merzouga fue solo un detalle, pero sirvió para darme cuenta que la belleza del desierto es inmensa e igual de cautivante a cualquier hora del día…

Con 22 años, fue en junio de 2015 cuando tuve la suerte de pisar por primera vez el continente africano.

 

Viajaba con un amigo por Europa. Planeábamos todo a medida que pasaban los días. Después de visitar España surgió la idea de ir a Marruecos. Comenzamos nuestra aventura visitando las ciudades de Fez, Marrakech y Chefchaouen con mucho por ofrecer e historias que ya contaré… Sin embargo, fue una de las últimas noches del viaje cuando la mejor experiencia vivida en este país llegó…

Cerca de las 15:00 hs nuestro guía Alí estacionó la combi y nos comunicó que habíamos llegado a nuestro destino: el pueblo de Merzouga. Es difícil poder imaginar el lugar donde estábamos. A primera vista, una construcción mediana color ocre y de  estilo árabe. Más adelante y tras atravesar un largo y oscuro pasillo, el patio del hotel. Para sorpresa de todos, nos encontramos con una hermosa pileta al aire libre rodeada de palmeras y con vista al desierto.

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Tras dejar nuestras pertenencias en el hotel, El momento había llegado. Era hora de ponernos en marcha camino al corazón del Sahara.

Los camellos esperaban por nosotros. Los guías del lugar nos ayudaron a subir y en grupos de diez personas nos perdimos en la inmensidad de las dunas. Luego de aproximadamente una hora hicimos una parada para observar la puesta del sol. Volvimos a montar los camellos y unos minutos más tarde, mientras caía la noche arribamos a nuestro campamento.

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Un conjunto de carpas blancas aguardaban por nosotros. Diez personas que vivían permanentemente allí fueron quienes nos esperaron con un delicioso té de menta, bebida típica del lugar. También se encargaron de la cena y un asombroso espectáculo Berebere del cual disfrutamos y nos dio la oportunidad de conocer  la música y las danzas tradicionales de esta cultura.

Finalizado ritual, uno a uno fuimos a nuestras carpas para descansar y tomar fuerzas para volver a montar el camello y regresar a nuestra base al otro día… IMPOSIBLE. Tras estar acostado unos minutos decidí dejar la habitación y salir al exterior.

Tomé coraje y me alejé unos metros del campamento. No había presencia de luz artificial pero pasados unos minutos, la cantidad de estrellas ayudaron para moverse sin dificultad. Caminé hasta la parte más alta de una duna y apoyé la cabeza en la arena.

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Nada y todo a la vez. El cielo estrellado, nadie a mi alrededor y las estrellas fugaces apareciendo constantemente. 

Solo yo. La inmensidad y yo. Esos momentos mágicos que aparecen cuando uno se decide a viajar. Esos que marcan un antes y un después. 

La mañana siguiente tomamos el desayuno y a las 08:00 hs emprendimos el regreso. La vuelta a Merzouga fue solo un detalle, pero sirvió para darme cuenta que la belleza del desierto es inmensa e igual de cautivante a cualquier hora del día…

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